martes, octubre 18, 2005

Escena de Cafetería

Nuestra escena comienza en el lugar más vulgar de todos, de una vulgaridad tal que funde bombillas.

Una cafetería.

Una cafetería perdida en medio de una ciudad cualquiera (le damos al lector la oportunidad de contribuir con su granito de arena en esta escena, decida usted en que ciudad se encuentra esta cafetería), una ciudad tan vulgar como la cafetería misma. Vamos, vulgaridad pura. Digámoslo de una vez: la cafetería estaba en Bulgaria. (sentimos arruinar la contribución del lector, pero seamos realistas, Bulgaria es el lugar perfecto para una cafetería vulgar.)
Sobre la acera, un hombre mueve una pierna y luego la otra delante de esta, o sea, viene caminando. Lo vemos acercarse a la vulgarisima cafetería. Pero dejémoslo que se acerque.

(tap tap tap)
(tap tap tap)
(tap tap tap)


Listo, el hombre ha llegado a la puerta. Veamos que sucede a continuación.

Gumaro Esparza, siguiendo una vieja costumbre familiar, entro a la cafetería por la puerta.
Y ahí estaba ella, Lucia Benítez, hija de su padre, que curiosamente era hermano de su tío (lo cual no debería asombrar a nadie, ya que los dos eran hijos del abuelo de Lucia).
Gumaro se detuvo un momento para observar a Lucia, y en ella vio lo que se ve en todas las mujeres (que en este aspecto son muy poco originales): un par de piernas paralelas —afortunadamente— entre ellas y perpendiculares al piso, dos muslos de campeonato Aleman, una cintura de chinchilla (no de las proporciones del animalito, lo que sucede es que lucia llevaba un cinturón —color niebla etrusca— hecho de la piel de dicho mamífero), un par de pechos que hubieran hecho babear a Rómulo y Remo (lo cual no dice mucho de los pechos de Lucia, ya que el par de bodoques babeaban hasta por los pechos de una loba), tambien tenia un cuello kilométrico, como de jirafa reumatica (esto se explica porque el bisabuelo de Lucia había sido explorador en el África).
Y encima del cuello tenía —en el colmo de los lugares comunes— una cabeza, y en la cabeza tenía ocho orificios, a saber:

• Dos orificios cubiertos por un par de ojos.
• Dos orificios colgándole de la nariz.
• Un orificio con dientes (también llamado boca)
• Dos orificios rodeados por unas orejas.
• Y un orificio a un lado de la boca que aparecía cuando sonreía.

En esta ocasión Gumaro solo vio siete orificios, porque el hoyuelo a un lado de la boca, como ya lo sabe el lector, solo aparecía cuando Lucia sonreía.

Y ahora no estaba sonriendo.

De hecho no solo no estaba sonriendo, sino que estaba hecha una fiera. (Esto también se explica por lo de su bisabuelo explorador, ¿recuerdan?)
— ¿Se puede saber donde has estado? —Pregunto Lucia sacando las garras. (el bisabuelo, ¡Hombre! ¿Que hay que recordarles todo?)
—Pues primero, en el hospital donde nací, después estuve una temporada en casa de mi abuela, hasta que me salieron dos dientes, de ahí, creo que... —Comenzó a responder Gumaro, con esa simpleza que solo poseen los carteros rumanos y los cañones de Navarone.
—¡No seas idiota Gumaro! —Dinamito Lucia. —Llevo esperándote aquí tanto tiempo que he tenido que besar al mesero tres veces.
— ¿Y por que tuviste que besarlo tres veces?
—No esperabas que lo besara solo dos veces, ¿O si?
Gumaro no supo que responder a la contundente logica de Lucia, así que mejor se sentó y encendió un cigarrillo por un extremo. (el opuesto al que tenia entre los labios, afortunadamente.)
Lucia lo miro con desprecio, como solo pueden mirar las mujeres a un hombre que fuma un cigarrillo sin prenderse fuego la boca.
—Y bien, ¿Has decidido algo? —Pregunto Lucia con una mueca de pastor afgano en su rostro.
—Aun no querida. —Respondió Gumaro mientras daba vueltas al cigarrillo entre sus dedos.
Se detuvo cuando, a fuerza de darle vueltas, mareo al cigarrillo.
—Creo que lo mejor será que terminemos. —Dijo Lucia soltando un bufido epiléptico.
Gumaro miro a Lucia como miraría un agente de seguros una piscina vacía.
— ¿Estas segura?
—Segurísima.
— ¿Y que harás sin mi?
—Estar mucho mejor, eso te lo aseguro.
— ¿Por escrito?
—Y por triplicado, si así lo quieres.
—No, eso seria demasiado.
—Para una mujer nada es demasiado.
—Exacto, nunca saben cuando detenerse, como la humanidad, que no se detiene y mira cuanto ha crecido.
—Tal vez yo sea parte de la humanidad.
—No, tu de humana solo tienes el perfume —Dijo Gumaro sin saber muy bien si la estaba halagando o insultando.

Lucia se levanto lentamente, tan lentamente que cuando termino de levantarse, ya estaba de pie. Miro a Gumaro de pies a cabeza —Lo que le tomo tres segundos exactos, puesto que Gumaro no era muy alto— y se acerco a el.
—Dime si no te importa que lo nuestro se termine, ¡Dímelo ya!
Gumaro tardo en responder, porque mientras Lucia terminaba de ponerse de pie (muy lentamente) para no aburrirse, se había puesto a calcular cuantas millas nauticas habría de Paris a San Petersburgo, pero como no sabia cuanto media una milla nautica, las cuentas le salían mal.
Después de unos momentos, Gumaro respondió:
—Me mataría si me dejas.
— ¡Pruébalo!
— ¿Matándome? Lo haría con mucho gusto, si después pudiera seguir viviendo.
— ¿Como quieres que te crea si no te matas por mi amor?
— ¡Vamos mujer! ¿Es que no puedes confiar en mí?
— ¡Todos los hombres son iguales! —Dijo Lucia con un hilo de voz, que se desenrollo 30 centímetros— Siempre dicen que nos aman hasta la muerte, ¡Pero no se matan nunca!
— ¿Entonces según tu, nunca te han amado?
—Solo una vez, se llamaba Eugenio.
— ¿Era alto?
—Mas bien famélico.
— ¿Rubio?
—Solo por las tardes.
—Que extraño.
— ¿Que tiene de extraño?
—Nada, pero no esperaba que fuera así.
— ¿Que esperabas?
—Un taxi, pero no llegaba, por eso he tardado tanto en venir aquí.
—Lo dicho, todos son iguales.
— ¿Los taxis?
—Los hombres.
—Excepto Eugenio, claro.
—Así es, ¡Mi amado Eugenio!
— ¿Y que le sucedió?
—Se murió.
—Que grosería.
— Claro, pero yo le perdonaba todo, porque el si era un hombre, no como tu, que no eres mas que un camello. —Dijo Lucia dándole la espalda.

Gumaro acuso el golpe —no de la espalda, que era muy hermosa— sino de lo que dijo Lucia.
Los camellos son animales muy brutos, muy feos y muy altos. Y Gumaro no se sentía ninguna de las tres cosas.
—Lucia, tienes que entender que no podemos seguir así.
—Claro que lo entiendo. —Obviamente Lucia no entendía nada, como no entienden los repartidores la numeración de las avenidas— Por eso te pregunto si ya has decidido algo.
—He decidido que no puedo decidir nada.
— ¿Eso que significa?
—Significa que le he estado dando vueltas al asunto todo el día, y no solo no he llegado a ninguna conclusión, sino que estoy fatigadísimo. —Gumaro dijo esto porque, vano como el hombre que era, sostenía que sus pensamientos eran grandes, tan grandes que pesaban una barbaridad, y si uno sostiene todo el día algo pesadísimo, no le queda más remedio que terminar agotado.
Lucia no respondió, tenia la mirada fija al frente. Gumaro la acompaño en tan profunda y agotante actividad, hasta que sus miradas se perdieron a lo lejos, pero como era fácil encontrarlas, no hubo mayor problema.
Lucia movió sus músculos abductores en conjunción con sus cuadriceps, sus gemelos y su tuberosidad isquiática (parte posterior de la pelvis) —justo sobre la cabeza de la fíbula—, logrando con esto, darse vuelta y mirar a Gumaro a los ojos.
—Gumaro, yo te amo.
—Y yo te adoro.
—Te deseo.
—Yo te comería en un sándwich de pavo y queso provolone.
— ¡Que romántico!
—Es de familia.
— ¿Tu romanticismo?
— La receta del sandwich.
— ¡Vamonos juntos!
—Pero si acabo de llegar...
—No, vamonos lejos... ¡A los Alpes!
— ¿Suizos o Austriacos?
— ¿Hay alguna diferencia?
—Si, los nombres, si no sabemos a cuales vamos, nuestro cartero se haría un lío.
—Cierto, ¡A los Alpes Suizos entonces!
— ¿Están cerca del río Sena?
— ¿El Sena es un río?
—Lo es por lo menos cuando pasa por Paris. No se si después se convierta en cascada, huracán o volcán en erupción. La naturaleza es muy voluble.
— ¡Esta bien amor mío! —Dijo Lucia en un arrebato dipterodico. —¡Huyamos juntos!
— ¿Tienes listas tus cosas?
—Tan listas como las puede tener una mujer.
—O sea que no tienes ni maletas.
—Así es.
—Está bien, ve a tu casa y espera mi llamada. —Dijo Gumaro utilizando una frase que como el aceite de oliva, es muy usada.
— ¡Eso haré amor!

Lucia se despidió de Gumaro con un beso de diez segundos y doscientos gramos.

Una vez Lucia hubo abandonado la cafetería del mismo modo en que una mujer ebria abandona el buen gusto, Gumaro río para si mismo, después río para los demás, y luego río tanto que el mesero tuvo que recoger cuatro kilos de risas y ponérselas para llevar.
Después, se sentó de nuevo, estirando las piernas —que median 35 milímetros más que la cajuela de un Ford— puso las manos en la nuca y encendió otro cigarrillo. (Para lo cual tuvo que bajar las manos de nuevo, pero sabemos que el lector es muy avezado y daremos por sentado que imagino eso).

Pasaron dos horas y tres aeroplanos.

Gumaro saco de su bolsillo un boleto de avión, en el que se leía (con buena vista, claro):

"Clase turista. Un pasajero. Solo ida. Luxemburgo."


Gumaro río otros trescientos gramos, que el mesero recogió en el acto.

Gumaro, esta claro, era un ser despreciable.

Y afirmamos esto por que es indiscutible. Tan indiscutible como el código Hammurabi, al que no discute nadie porque nadie sabe de que habla.

Gumaro Esparza era un ser despreciable (repetición dramáticamente necesaria)

¿Por que Gumaro Esparza era un ser despreciable?

Porque señores, solo un ser despreciable viaja a Luxemburgo en clase turista.

niF.
(use un espejo para enterarse que dice aquí)



Por eso ya nadie escribe historias sobre cafeterías, mujeres dramáticas y huidas a lugares distantes: Por que son muy malas.

Yo.

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