miércoles, noviembre 30, 2005

Bruma



Varias docenas de manos lo alzaban por sobre sus cabezas, moviendolo de un lado a otro, librandolo de caer. El solo veía la bruma gris a su alrededor y bajo él, solo siluetas y rostros fantasmales. Tambien oía sus voces, pero no entendía lo que decían. Aunque de alguna forma sabia que ya lo había oído antes, no intento hacer nada mas.
Cuando lo depositaron en el suelo, se dieron la vuelta y sin más, se fueron. Mas de una de las siluetas titubeo un par de segundos, como queriendo encontrar las palabras que sabían no existían. Que no hacían falta. Que no importaban.
El se quedo mirando sin ver, sabiendo que no podía esperar mas que eso.
Alguien se acerco por detrás, sin ruido, pero el supo quien era.

—¿Contento?
—¿Porque habría de estarlo? —contesto sin ironía—. Una cosa es que yo lo haya provocado y otra que este orgulloso de ello.
—Tanto esfuerzo tiene que tener por lo menos una razón oculta —dijo la voz a sus espaldas.
—No una que tú pudieras entender —respondio con un suspiro.
—Vamos, no me subestimes. Sabes bien que unas palabras tuyas hubieran cambiado todo.
—Lo se, es por eso que me cuido muy bien de no decirlas. ¿Tienes una idea de lo que provocaría? No, no la tienes. Seria como tirar la primer ficha de uno de esos enormes dominós. ¿Como sabría yo que era la ficha correcta? La sola incertidumbre no me permitiría disfrutar la caída. Seria comprometerme a algo de lo que ni siquiera yo estoy seguro que necesito.
—Si sigues por ese camino, jamás estarás seguro de lo que necesitas. Siempre dudaras. Siempre esperaras la siguiente oportunidad. ¿Cuantas has dejado pasar? ¿Cuantas veces te has hecho a un lado dejando que sea alguien más el que se encargue de lo que dejaste inconcluso? Y lo peor de todo es que sabes tan bien como yo que ese que llega a terminar lo que comenzaste no esta a la altura.
—Nadie estará jamás a la altura, porque mi sima no es su cima.
—Deja esos juegos de palabras para alguien a quien le interesen —interrumpió la voz con un bufido— Bien, ¿Y que sigue ahora?

El se quedo mirando hacia el frente, después bajo la vista y se dio la vuelta. Busco a tientas un cigarrillo en su bolsillo. Saco uno y lo encendió lentamente. Aspiro una bocanada y dejo escapar dos pequeños arroyos humeantes por la nariz.

—¿Que sigue? No lo se. Supongo que lo mismo de siempre, me sentare a observar el espectáculo. Dudo mucho que esta vez varíe mucho. Si algo he aprendido, es que, por muy original que sea el comienzo, hacia el final siempre es lo mismo —respondió con un dejo de hastío.
—Y aun sabiéndolo, no haces nada por evitárselos —dijo la voz señalando a las siluetas.
—¿Y es acaso mi obligación? Podría defenderme diciendo que al permitirlo dejo, por un lado, que aprendan su lección, y por otro, que me desquito injustamente por algo que yo provoque. Porque diga lo que diga, en el fondo tengo que reconocer que yo las orille a hacerlo.
—Y disfrutas ver como se hunden en su propia ilusión. ¿Acaso te vengas por que te abandonan de pronto? ¿Te sientes reemplazado? ¿Que ya no te necesitan a ti ni a tus actitudes psicoticas? No tienes derecho, lo sabes. Por más que hayas estado ahí, y por mucho que también estés después para decirles “Se los dije” no te da el derecho a reprocharles nada.
—Lo se, lo se muy bien. Y no es rencor ni mucho menos. Digamos que es un encogimiento interior de hombros, como aceptando que si bien eso no es lo mío, tampoco soy indiferente a la imagen mental que me deja. Como si viera a la gente divertirse en una montaña rusa, a la que me se incapaz de subir.
—No acabo de comprender como es que permites que algo así suceda frente a ti. No quiero imaginar cuantas personas andan buscando lo que tú dejas escapar entre los dedos.
—Para eso tendríamos que partir de la suposición de que esas personas estan buscando lo mismo que yo. Lo cual, a todas luces, es imposible.
—Algún día dejaran de sostenerte y ese día tu caída será definitiva.
—Lo se. —respondió con una mueca.

Dio una última bocanada al cigarrillo y lo tiro al suelo pisoteándolo después. Avanzo hacia el grupo de sombras que se alejaba y que comenzaba a perderse entre la bruma gris que lo cubría todo. Cuando llego a ellas, no dijo nada, solo se quedo ahí, parado a unos cuantos pasos.
Se miraron entre si, sin saber que decir. Una de las formas se adelanto, lo miro a los ojos y dijo:

—Siento que haya tenido que ser así, pero tú nunca nos dijiste que... —se detuvo a media frase, sin saber como seguir.

El solo sonrió y no dijo nada. Saco otro cigarrillo del paquete de su bolsillo y cuando empezaba a encenderlo, la bruma se hizo mas densa. Ellas lo miraron una vez mas y de pronto empezaron a difuminarse. El se alarmo por un segundo, pero después supo que así tenían que ser las cosas. El mismo comenzaba a diluirse en la bruma, sintiendo como el peso desaparecía de él. Se sintió cada vez mas tenue hasta que, en una última y silenciosa exhalación, se esfumo.

Leonardo abrió los ojos. Afuera, la noche cubría con su manto estrellado el paisaje que se colaba por la ventana. Se incorporo en la cama sobre uno de sus codos. Miro el reloj luminoso de la mesita de noche, que marcaba las 4:28.
El mismo sueño, una y otra vez. A veces los rostros y las siluetas variaban, A veces la voz a sus espaldas era mas gruesa o mas femenina, pero siempre eran los mismos diálogos. Y siempre, Leonardo sabia que era un sueño.
Se incorporo y camino hacia la ventana. Apoyo sus manos en la base del marco, pegando la frente al cristal húmedo y helado. Miro hacia su cama, desarreglada y fria, que solo mostraba las huellas de un cuerpo. Sonrió amargamente.
Miro de nuevo hacia la ventana, hacia la noche que se extendia frente a él. Exhalo lentamente hacia ella. En el cristal se formo una pequeña mancha opaca, gris, que crecía lentamente.



Fin.




Yo.

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