martes, febrero 14, 2006

Como se gana la vida.

Hace algunos días alguien comento sobre que al parecer tengo muchas historias que contar, ("miren, un anciano esta hablando! escuchémoslo, seguro tiene algo interesante que decir") y no se si sea cierto, pero me puso a pensar en el milusos que he sido desde que empecé a rascarme con mis propias uñas.

Primero, el titulo de este post (y de los que probablemente le seguirán) esta robado directa y desvergonzadamente de uno de mis libros favoritos, de Ricardo Garibay.

Segundo, empecemos por el principio (la secuencialidad y la coherencia, por no decir ya la redundancia, me la pelan).

Toda la primaria fui un niño modelo; tuve diploma todos los años, era abanderado, peinado de raya y bien portado, en resumen, era un putete.

Luego, cuando llegue a Querétaro y entre a la secundaria, todo se fue al carajo. Como cuando uno baja corriendo por una ladera empinada; al principio puede correr y mantener el equilibrio, pero poco a poco vamos dando zancadas cada vez mas descompuestas hasta que, irremediablemente, uno se da de cara contra el suelo. Así me paso.

Salí de la secundaria en el momento justo en que uno ya va dando las ultimas zancadas; cuando la barbilla roza las rodillas, los brazos aletean a los costados y el suelo se acerca peligrosamente, con la promesa de un chingadazo marca Dolerá®.

Lo que agravo la situación fue mi naciente escepticismo, (era una preparatoria de monjas, ja) aunado a mi también naciente problema con las figuras de autoridad (me cagaba que un maestro intentara explicarme algo que yo entendía mejor que el, y que se indignara por hacérselo notar) Esto significo que todo el primer semestre fuera el equivalente del vuelo planeado en mi caída, y los exámenes de fin de curso fueron por fin, el impacto de mi cara contra el suelo.

En pocas palabras y para resumir, antes de los finales, después de una extraña discusión con la Madre directora sobre la relación del largo del cabello con la hombría y una blasfema observación hacia Jesús de mi parte, (observación que logro que la cara de la Madre superiora adquiriera tonalidades que solo un espectrógrafo de masa hubiera podido analizar) acabe diciéndole: "Madre, usted y su escuela se pueden ir al carajo". Me di la vuelta y me fui como seguramente se fue Napoleón del Chateau de Malmaison (no tengo idea de como se fue, pero supongo que fue con un chingo de estilo). No regrese sino hasta un año después a recoger mis papeles. (No como Napoleón, que ya no regreso nunca y se murió en una isla rodeado de cocos y palmeras borrachas de sol.)

Obvio, automáticamente en mi casa se acabaron las consideraciones para el vágales en ciernes, o sea, yo. Mi mama dejo de cocinarme, lavarme y todo lo demás, (yo tenia que hacer todo, snif, pobre Huevociento) y tuve que buscar un trabajo, ("solo por un semestre, luego regreso a la escuela") para poder mantenerme y aparte pasar una lana en mi casa.

Así que ahí estaba yo, un mocoso de 16 años, fanático de Nirvana, con el cabello a los hombros, un corazón medio roto y un par de bermudas viejas, parado frente al mundo...Dios, que ridículo me debo de haber visto.

En fin, así es como empieza mi víacrucis en esta revolvedora de cemento que algunos tienen el descaro de llamar vida.

No se pierda el próximo capitulo de esta soporífera aventura, en donde el Huevo encuentra trabajo como telefonista de hotel, una emocionante historia llena de...de...mmm... ¿teléfonos?



Yo.

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