miércoles, febrero 08, 2006

Un Final Feliz.

La diminuta iridiscencia opalescente de una brasa alumbraba su rostro a medias. Se levanto del sillón y camino hacia la cama. Se sentó en la orilla, sobre las sabanas húmedas y revueltas. Giro su cabeza hasta que su mirada encontró la de ella.
—¿En que piensas? —pregunto ella, replegando su cuerpo desnudo sobre la almohada.
—En nada en realidad —contesto. —¿Que quieres hacer ahora? —pregunto a su vez.
—Quedarme aquí todo el día, allá afuera no hay nada para nosotros, por lo menos no por ahora.
Se recostó junto a ella, aplasto el cigarrillo sobre el buró y la beso.

Después de aquel día nada seria igual. Una larga historia se arrastraba tras ellos para venir a morir en este momento; el momento en que lograron conjurar sus respectivas maldiciones.

El perfume de los heliotropos subía desde el pequeño jardín al pie de la ventana, entrelazándose con los mortecinos rayos de una gigantesca luna. El buscaba las palabras correctas que no violaran grotescamente la perfección del momento. No las encontró.
—No hay nada para nosotros mejor que esto. —repitió ella sin notar el sacrilegio que había cometido. —Mañana, y los mañanas que le seguirán tal vez, pero ahora, en este momento, podría morir feliz.
—¿Porque dices eso? —pregunto sobresaltado.
—No lo se, es solo una expresión. —dijo ella estirando los brazos.

Se levanto y camino hacia la ventana. Miro hacia el exterior entornando los ojos hasta que las poquísimas estrellas que se veían en el cielo se volvieron borrosas y aun más titilantes.
—Tienes razón. —dijo ausentemente.
—¿A que te refieres? —pregunto ella.
—A que en verdad es un momento perfecto para morir. Hoy es el día por el que casi zozobramos tantas veces. Hoy por fin logramos burlar a Láquesis, y supongo que es justo que Atropo tenga su parte.
—No te entiendo. —dijo extrañada.
—Es sencillo; si esto fuera una historia de amores y batallas, aquí iría el punto final, precedido de un "Y vivieron felices para siempre", pero no es así. No es correcto, se supone que uno no debe alcanzar este momento; uno debe entregar su vida al camino, no al destino. Uno solo debería poder vislumbrar la cima a ratos, pero jamás, jamás alcanzarla, porque del otro lado no hay mas que una cuesta abajo. Y ahí solo existen dos caminos; descender lenta y deprimentemente o despeñarse con un alarido.
—No es verdad. —dijo ella. —Tenemos muchos días como este por delante, todos los que queramos.
—Tal vez así nos parezca al principio, pero no será así. Seguiremos buscando igualar este momento, pero es imposible ¿Como alcanzar lo que ya se ha dejado atrás? —dijo lánguidamente. Su mirada se había perdido dentro de si mismo, contemplando absorto sus demonios internos. —Después de ahora viviremos persiguiendo replicas mundanas de esta sensación y solo encontraremos substitutos que se iran degradando cada vez mas hasta que un día nos demos cuenta de que vivimos en una burda imitación de lo que en realidad buscábamos. Ni tu ni yo lo diremos, pero lo sabremos y lo que es peor; empezaremos a conformarnos con ello, tratando de convencernos de que así deben ser las cosas, de que a eso estábamos destinados.
—¿Que no eres feliz? —pregunto ella con un dejo de dolo y alarma. —¿Que no es esto lo que esperabas?
—Claro que lo es. —respondió absorto aun. —De hecho es mas de lo que creí que sería, tanto que ni siquiera estoy seguro de lo que digo. Pero algo me dice que así será. He pasado tanto tiempo imaginando este momento que ya he perdido toda conexión con la realidad. Solo intento decir que será difícil aceptar que alcanzamos el horizonte de eventos de nuestra vida y que lo que sigue será algo totalmente diferente.
—No te entiendo, en verdad. —dijo ella. —Yo no puedo pedir mas. Por fin estamos aquí, los dos, juntos, y tu hablas sobre cosas que no tienen que ver con nuestra realidad.
—A eso me refiero —dijo de nuevo el, volteando a mirarla. —Perdóname por parecer extraño y decir sinsentidos. —agrego cambiando su semblante. —No me hagas caso, es solo que es un poco abrumador verte aquí, conmigo, por fin.
—Vamos. —dijo ella. —Ven aquí y déjame golpear esa dura cabeza tuya. —dijo mientras levantaba las sabanas alegremente.
—Esta bien, esta bien. Pero esta cabeza es muy, muy dura, no quiero te lastimes. —respondió el dirigiéndose hacia la cama.

Hicieron el amor suavemente, sin la violencia que les exigian las primeras veces. Lentamente, el bebió su cuerpo y transmuto su simiente en una promesa.
Después de aquello, mientras ella dormía sumergida en una densa pez divina, el miraba de nuevo por la ventana. Parecía mirar hacia el exterior, pero un examen mas detallado revelaba que en realidad veía mas allá. Y decidía.
Encendió otro cigarrillo y aspiro lentamente. Miro hacia el lecho en donde ella soñaba con la promesa de un final feliz. Sonrió y se acerco de nuevo lentamente y sin apenas tocarla, la beso en la mejilla. Luego se dirigió al baño. La luz de la luna ahora entraba violentamente por una alta ventana iluminando su rostro. Un frío cortante se adueñaba de la pequeña habitación. Dio un par de bocanadas mientras se miraba en el espejo del lavamanos. Miro de nuevo hacia la habitación. Ella seguía durmiendo, ajena a todo. Una sonrisa lleno de nuevo su rostro, una sonrisa que resumía la plenitud de lo que estaba sintiendo.
Abrió una gaveta del lavamanos y busco a tientas entre las toallas. Encontró lo que buscaba. Se miro de nuevo en el espejo con el cigarrillo en la boca. Se acerco y exhalo cerca de el. Una mancha ovalada ocupo el lugar donde estaba su rostro. Se alejo y miro la deformada imagen que le devolvía el cristal. Con un dedo dibujo una línea curva sobre ella. Ahora la mancha le sonreía también.
Con el cigarrillo colgandole de una sonrisa, puso el arma debajo de su barbilla, dio una última bocanada y jalo el gatillo.
La noche exploto en mil pedazos.



Fin.




Yo.

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