miércoles, abril 26, 2006

Corillion

Se detuvo en el borde del acantilado y miro hacia el horizonte. Frente a él se extendía un profundo valle. La bruma matinal cubría una enorme extensión hacia el norte. Por el este, cuatro ríos se internaban por el valle desde un lejano fiordo, como enormes dedos de una mano acuosa.

Al pie del acantilado la pradera se extendía, cruzada aquí y allá por los helados ríos. Era interrumpida hacia el noroeste por una zona boscosa de enormes y espesos árboles.

Comenzó a descender del acantilado cuando el enorme sol anaranjado apenas iluminaba la zona mas alta y alejada del valle. Cuando llego a la base del acantilado, novecientos metros mas abajo, el sol caía a plomo sobre su cabeza.

Cruzo el valle durante una semana, siempre acompañado de un cielo azul cobalto, surcado eternamente por cirrus compuestos por hilos de color plata. Vadeo los ríos con algunos problemas; el agua helada le entumecía las articulaciones, pero luego el enorme sol se encargaba de devolverle el calor al cuerpo.

Su rostro estaba curtido y bronceado, sus ropas —que solo consistían en un sencillo pantalón y una casaca improvisada, hecha con la piel de un extraño animal que parecía un enorme perro lanudo, al que había matado casi al principio de su viaje—, estaban gastadas y raidas. De su hombro y tras su espalda colgaba un saco impermeable que lucia extrañamente nuevo.

Durante el día, se dirigía hacia el noroeste, hacia la salida del valle. La caza era abundante, compuesta principalmente por unos pequeños animalillos lampiños y ruidosos, que anidaban en hoyos cavados por toda la pradera. Cuando el sol se ponía, después de un día anormalmente largo, observaba las dos lunas salir por encima del acantilado tras él. Una de ellas daba la vuelta al planeta dos veces por noche, lo cual causaba un efecto visual impresionante cuando adelantaba a la otra luna, mas lenta, por un cielo decorado con constelaciones que no le eran familiares.

Al doceavo día de camino, Jürgen por fin alcanzo la lejana salida del valle, una amplia cañada cuyas paredes bullían en vegetación púrpura, que a su vez hervía de ruidosa vida; unos enormes pájaros de dos colas y plumaje amarillo. El espectáculo que ofrecían al volar de un lado a otro sobre el fondo violáceo era abrumador.

Al otro lado de la cañada, comenzaba una delgada franja de dunas. Mas allá, un océano color malva lamía una larga playa de arena fina y brillante como polvo de diamante. A lo lejos, un archipiélago se destacaba sobre el horizonte. No había forma de seguir avanzando.

Jürgen se detuvo y aspiro la brisa que provenía del océano. Su rostro era azotado por la humedad que producían las olas al romper contra un promontorio rocoso cercano. Enormes crestas espumosas creaban un arcoiris que se perdía en el moribundo ocaso, dotando de un halo fantasmal al extraño sol.

Dejo caer el saco y miro a su alrededor por largo rato, memorizando todo lo que su vista abarcaba; saboreando todo lo que había visto.

Durmió sobre la arena, agotado. Ya no tenia nada mas que ver, por lo menos por el momento. Al día siguiente, muy temprano, se levanto y después de nadar a lo largo de la playa por un par de horas, se acerco a su saco y de el extrajo un pequeño cubo negro.

Lo coloco sobre la arena y lo manipulo hábilmente. El cubo brillo tenuemente.

Retrocedió un par de pasos y espero. Del cubo surgió una luz difusa que fue cobrando intensidad y forma hasta que un portal apareció a su alrededor.

Jürguen camino decidido hacia el portal y desapareció.



Fin.



Yo.

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