martes, mayo 09, 2006

Por tus nalgas.

Casi lo logro, chingao, no puedes negarlo. Y sabes que no fue mi culpa, pero ya que!, eso no cambia nada.

¡Que tan enculado estaría por ti que hasta en cristiano me iba a convertir! ¡Por el amor de Dios! ¡Yo! ¡Yo que no creo más que en las cervezas frías y en el Cruz Azul! Bueno, tanto así me gustabas, o mejor dicho, tanto así me gustaban tus nalgas.

Y como me odiaba tu mama!, supongo que podía adivinar mis intenciones. No importaba que yo pusiera mi mas inocente y angelical cara, estoy seguro que me imaginaba agarrándote las nalgas y mordiéndote una chichi. No puedo negar que yo imaginaba exactamente lo mismo, pero ese no es el punto.

Cuando salíamos al cine, yo ponía una y otra vez en el estereo de mi carro aquella pinche canción del Tri, la que decía "No le hagas caso nena, no le hagas caso a tus papas y vente conmigo a parchar" pero tu ni en cuenta. A huevo querías que me hiciera cristiano para dejarte apretujar. Y casi lo hago, me cae que casi lo hago. Pero repito, no fue mi culpa que todo se fuera al carajo.

Tu mama no me creía. Yo solo veía como buscaba un pretexto, una excusa para prohibirte verme. Y mas se encabronaba porque yo, mustio como la chingada, no le daba ninguna. Cuando iba por ti y mientras te esperaba, me bombardeaba con preguntas; era toda una nazi interrogando. Pero yo, imperturbable, le respondía a todo con inocencia y un halo de santidad que ya lo hubiera querido San Jeremías. Y todo, todo por tus nalgas.

Hasta aquel día, ohh...!Que arda en el infierno el vendedor de garbanza con chile y limón que se me atravesó camino a tu casa, maldito, maldito sea! Y maldito sea yo, por no resistir la tentación de tragarme una bolsa en el camión hacia tu casa.

Para cuando tocaba tu puerta, una diarrea fulminante me hacia bizquear. Ahí mismo me hubiera convertido al cristianismo —o hinduismo o zoroastrismo— si se me hubiera aparecido un baño, una bacinica, un puto bote de chiles Herdez, lo que fuera.

En cuanto saliste y me viste con los codos encajados en las costillas y torciendo las rodillas, sospechaste que algo andaba mal. Cuando pase corriendo hacia la casa, haciéndote a un lado, supiste que algo andaba mal. Luego me gritaste algo, pero yo ya no podía concentrarme en nada que no fuera llegar al baño debajo de las escaleras. Nunca nadie se concentro tanto en un objetivo; si la humanidad pusiera el mismo empeño que pone en encontrar un baño cuando se esta cagando en acabar con la hambruna del mundo, todos pesaríamos 120 kilos.

Y ahí estaba, la hermosa, la hermosísima puerta del baño. Nunca una puerta fue tan perfecta, tan grácil y tan bella. Mientras recorría los últimos pasos que me separaban de ella, aun con los codos encajados en las costillas, me desabroche el pantalón al mismo tiempo que abría la puerta, azotándola contra la pared.

Y mierda.

¿Que fue lo que encontré ahí, mirándome con los ojos como platos?

A tu chingada madre, cagando con la falda en los tobillos, una revista en una mano y un cuadrado de papel en la otra.

Nunca nadie la cago tan espectacularmente.

Nunca me hice cristiano. Nunca te agarre las nalgas ni te mordí una chichi. Nunca he vuelto a comer garbanza con chile y limón. Ahora ya solo tomo cerveza y le rezo al Cruz Azul.



Fin.




Yo.

1 comentario:

Sex Shop dijo...

Muy buenoooooo!!!!!!!!!

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