miércoles, julio 12, 2006

Olores, dolores y whiskey.

El Arbol hablo sobre un catalogo de los olores de nuestra memoria, la intención era organizar una especie de cadena en donde las personas agregaran sus demonios olores personales, tratando de no repetirlos. Es innecesario decir que siendo yo la persona que soy, la intención original no me importa, pero inmediatamente empecé a recordar mis dolores.

—Uno de los olores que tengo mas grabados en la memoria es el de una casa. De quien era esa casa no viene ahora a cuento. Ni siquiera se exactamente que producía ese olor, pero toda la casa olía así, creo que era una combinación de jabón de manos y humor personal. Años después, cuando alcanzo a detectar ese olor en algún lugar (me ha pasado un par de veces) inmediatamente entro en un deja vu comatoso, que me transporta al umbral de una puerta que significo mucho alguna vez.

—El olor del vestidor del deportivo al que iba cuando era niño. Olía a viejo y a humedad. Hasta la fecha, he detectado trazas similares en todos los gimnasios a los que he ido, y a veces, me encuentro mirando aquel viejo locker de metal en el que escondía páginas de fotonovelas pornográficas.

—La loción Stefano....Stefano...Stefano...el Hombre. Yo era un mocoso que entraba al cuarto de mi papa y le robaba unas gotas, luego salía corriendo de la casa para que nadie me oliera. Cuando tuve mi propio dinero, fue de las primeras cosas que compre. Hasta la fecha, por ahí tengo una botella casi vacía, como un homenaje a los tiempos cuando todo era mas difícil fácil.

—El olor a hospital. Odio los hospitales. Odio la certidumbre de lo frágiles que podemos ser. He estado un par de veces en ellos, a veces internado, a veces de visita, pero su olor me produce nauseas y ansiedad, una ansiedad que no se calma hasta que otro olor familiar impregna mis sentidos.

—Olor a tierra mojada, a madera, a mañana fría. Lugar común por excelencia. Pero es cierto. Cuando éramos niños, en navidad, los tíos se juntaban y nos llevaban a todos los primos a Amecameca a cortar nuestros árboles de navidad. Recuerdo perfectamente la caminata sobre la hojarasca y las agujas de pino. El frío del pequeño serrucho y el corretear entre los árboles, buscando el mas frondoso. Luego cortar el tronco, honor reservado para el hijo mas grande de cada familia. La madera dura, mojada, el lodo en las rodillas. Luego, de regreso, juntar montones y montones de piñas para luego pintarlas de dorado y colgarlas del árbol. Creo que de ahí viene mi gusto por acampar; por que las incomodidades no me importan; por que me encanta despertarme una mañana fría, helada, salir de la tienda de campaña y recibir de lleno el impacto de uno de los olores preferidos de mi infancia.

—El olor de un tatuaje. O mas bien, el olor que se produce cuando se hace un tatuaje. Es olor a tinta, a sudor, a sangre. Es un olor muy particular, penetrante, que se me quedo grabado en la mente después de hacer docenas de ellos. Me recuerda otra época, otros lugares, otras personas.

—El olor de la comida de mi mama, acompañado del omnipresente siseo de la olla de presión. También este es un olor que supongo cada uno reconoce como propio, pero no importa. En lo personal, es un olor que no eche en falta hasta que estuve fuera de mi casa, a los 20 años. Desde entonces, jamás he vuelto a tener un olor similar en ninguno de los lugares en los que he vivido. A veces, cuando voy a casa de mis padres, me quedo parado junto a la barra de la cocina, escuchando ese siseo y oliendo mis recuerdos, saboreando sobrellevando mi independencia.

—El olor a sexo llenando una habitación. Ese olor fuerte, agrio, que pica en la nariz y que se impregna en manos, cara, cuerpo. Supongo que es un olor que apela a nuestra parte mas feral, mas básica, al cerebro primitivo. Cuando tenemos ese olor encima, nada puede vencernos, nada necesitamos, somos el macho alfa. Aunque en realidad, solo somos títeres de las feromonas. Aun así, es un olor que encuentro delicioso.

Y por ultimo, un caso aparte, porque no es un olor que yo reconozca, mas bien, es un olor que reconocen en mi.

—Mi olor. Mi olor al día siguiente, una mezcla de loción, sudor, whiskey y cigarro. Se que suena desagradable, pero me han afirmado que es un olor que lejos de ser repulsivo, es, al contrario, atrayente. Yo solo puedo asegurar que mi sudor no apesta, vamos, yo sudado no hiedo, solo huelo fuerte, esto aunado a los demás aromas, forma una combinación extraña que, repito, me han afirmado es imborrable.

Hay mas olores y recuerdos menos específicos y mas difíciles de describir. La memoria olfativa, a diferencia de la visual o auditiva, tiene la cualidad de ser emotivamente mas especifica; podemos recordar el rostro o la risa de una persona, pero por mucho que nos separe el tiempo o la distancia, nada nos acerca mas a ella que percibir de pronto su aroma flotando en el aire.



Yo.

No hay comentarios.:

Visitas

Seguidores

Busqueda.


Archivo del blog