martes, octubre 24, 2006

Que elegancia la de Francia.

Yo me considero un hombre de mundo y caché, conocedor y sibarita. Vamos, no es que yo me impresione fácilmente ante lo que el mundo pueda mostrarme.

Pero el otro día si que me sorprendí ante el servicio y exquisito buen gusto de un restaurant (así, en francés) en el que estaba comiendo.

Mientras esperaba que trajeran los manjares que ordene, fui al lavatorio (¿vieron? "lavatorio", eso es tener mundo, peleles) y fue ahí donde quede gratamente complacido ante el nivel de servicio y atención que manejaba dicho restaurant.

En el sanitario había un dispensador de baberos desechables!







Inmediatamente comprendí lo atinado de dicha medida: Uno entra, se encarga de sus asuntos (o asuntazos, en mi caso), se lava las manos, las seca y luego toma su babero desechable y sale listo para degustar sus sagrados alimentos sin temor a ensuciarse y quedar como un incivilizado comensal.

Así que ni tardo ni perezoso, me coloque el mío y orgulloso y consiente de mi finísimo bagaje cultural salí y me dispuse a ingerir mis viandas.





Todos en el restaurant me miraron, sorprendidos, admirados y con envidia, concientes del papelazo que estaban haciendo al comer como salvajes.

Fue tan grande la impresión que cause, que el gerente mismo se acerco y me pidió que me retirara, supongo que a petición de algunos clientes avergonzados que consideraron que no eran dignos de comer en presencia de un hombre de tanto mundo como yo.

Salí de ahí caminando como Moisés por el Mar Rojo, digno y orgulloso.

Estoy pensando en colocar uno de esos dispensadores en mi comedor, para impresionar a mis visitas.



Yo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No se como regrese aqui ( a esta fecha), jajajajajaja, no me acordaba de esta foto tan chida

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