Yo tenía 16 años y el Javi 17. Él venía de una familia disfuncionalísíma (de novela: su mama vivía en Estados Unidos y el vivía con su abuela y su hermano, con el que se agarraba a madrazos dos veces a la semana) y trabajaba como mecánico en un taller.
Un día estaba yo en mi cuarto valiendo verga (lo común en esos días) oyendo música cuando escuche en el estacionamiento el chillido característico de un enfrenón encabronado y luego un ronco
“VROOOOM VROOOOOM”, después, el inconfundible chiflido que usábamos para decir
“Aquí ando, vente”. Me asome y ahí estaba el pinche Javi, con una sonrisa de oreja a oreja trepado en un Mustang II Cobra 78. Me gritó
“Vente cabrón” y volvió a acelerar la madre esa.
Bajé en chinga y entre risas me mostró el famoso Mustang azul que después seria conocido como “El Arnero”. Se lo había cambiado a un mecánico por su vocho (el Lambervocho, famoso por tener toda la plancha pintada de rosa mexicano, que era la única pintura que teníamos a la mano para detener lo picado de la lámina), que tantos buenos recuerdos me trae.
Para todos aquellos que se hacen llamar hombres pero en realidad tienen vagina y no saben nada de autos, este es un Mustang Cobra II 78:

Bueno, en realidad el del Javi se veía más o menos así:
Pintenlo de azul y tendran al ArneroEl Mustang II es, por sobre todas las cosas, un Mustang —eso ya dice la mitad— además, el del Javi tenia un motor V8 302 doble garganta, tres velocidades y unos 200 HP. Ahora bien, para ser mas claros, ese carro era el mismísimo demonio, porque era el equivalente de tomar un Tsuru y ponerle el motor 8 cilindros de una Pick up (El Mustang II era un auto pequeño, apenas y pesaba los 1500 kilos, de los cuales casi la cuarta parte eran sólo del motor). El hijo de puta era como Willie el Coyote: corria como poseído, pero para frenarlo se necesitaban veinte Padres Nuestros y mucha Fe.
Para entonces yo ya sabia manejar (había aprendido en el Lambervocho) pero cuando el Javi me soltó el Arnero, me di cuenta de que en realidad hasta ese día
no había manejado (Para empezar, lo primero que dije fue: “¿Y donde esta la pinche cuarta?).
En verdad compadezco a todo aquel que no haya manejado un Mustang clásico, ya que su vida debe ser muy triste. La sensación que produce acelerar un 8 cilindros, sentir el torque del motor y escuchar como las gargantas maman gasolina no tiene precio. Y correrlo, bueno. Digamos que los Jettas, Astras, Civics y demás mamadas con sus motores que zumban como abejas son deprimentes después del bramido de un
muscle car que apenas y permite platicar.
En el Arnero vivimos muchas aventuras (como la vez que le madreamos el radiador por ir literalmente saltando por Av. Universidad a 160 km/h o cuando un día el Javi llego con una ventana rota por un machetazo que le soltaron), pero la mas memorable fue la de aquel día que, estando aburridos y acalorados viendo hacia el techo del Arnero, el Javi dijo:
—¿Y si le hacemos un quemacocos?
A lo que yo, que de los dos era el que tenía sentido común, obviamente respondí:
—A huevo.
Más nos habíamos tardado en decirlo que en tener en las manos sierra, seguetas, caladora y cualquier cosa que cortara metal.
Para ese entonces al Arnero ya no le abrían las puertas, así que teníamos que meternos por las ventanas como los Dukes de Hazzard (todavía tengo una cicatriz en el brazo como recuerdo de aquellos días) y decidimos, por alguna extraña correlación que ahora ya no recuerdo, hacerle un quemacocos enorme, de hecho, decidimos quitarle completamente el área del toldo, desde el parabrisas hasta el medallón, sólo dejando los marcos de las puertas y ventanas traseras.
Ahora bien, cortar lámina, postes y el cartón del cielo raso parece más fácil de lo que es. Después de una hora de estar batallando con la caladora y las seguetas, decidimos adoptar medidas drásticas: Javi entró a su casa y regresó con un cincel y un martillo.
Y así señores, a cincelazos, como a lata sin anilla, le arrancamos la lámina del toldo al Arnero. Después sólo fue cosa de doblar las orillas filosas a martillazos y con el mismo forro del techo doblado hacia fuera, acolchar el borde.
Fue un Epic Win.
Desde entonces, era la onda llegar desde atrás, subir por la cajuela y dejarse caer por el puto hoyo o viceversa: salir por techo, lo cual nos salvo la vida un día que yo iba manejando y el Javi iba fajando con su vieja. De pronto sentí la punta del tenis caliente e inmediatamente un olor a quemado; al asomarme a los pedales vi que todo el cableado que colgaba de tablero estaba al rojo vivo, derritiendo todo el plástico cercano. Como pude frené y al grito de
“Se esta quemando esta chingadera” salí disparado por el techo, seguido muy de cerca por el Javi. Si bien nuestra vida no corrió peligro por un simple corto circuito, sí lo hizo por el encabronamiento de la vieja del Javi, la que, inútil como mujer que era, no pudo salir rápidamente por el techo ni por las ventanas, por lo cual se tuvo que tragar dos kilos plástico quemado mientras nosotros nos orinábamos de risa.
El Arnero dio una digna batalla durante el tiempo que acompaño y/o protagonizo nuestras pedaventuras adolescentes (Tzolkin lo odiaba, snif), y como todos los héroes, un día nos abandono, siendo remplazado por La Ranfla, pero esa es otra historia.