jueves, marzo 17, 2011

De cuando fui a Monterrey (y sólo traje este post).

Hace un par de semanas tuve que ir, por cuestiones de trabajo, a Monterrey (no iba a tener tiempo libre, es por eso que no le avisé a mis conocidos y lectores de allá, por eso y porque no me gusta relacionarme con sombrerudos) y al regresar tenía pensado escribir un post sobre aquella ciudad, pero decidí esperar y escribirlo objetivamente y con la cabeza fría.

Por eso ahora, con la perspectiva que sólo da el tiempo y las fotografías panorámicas, puedo decir con seguridad y confianza lo siguiente: Ah que pinche feo es Monterrey.

¡Quietos pinches charros montaperros! Ya vi que están desenfundando sus pistolas y alaciando sus bigotes, pero esperen a que los insulte un poco más antes de darme de sombrerazos y decirme, como inevitablemente lo harán "Pinchi chilango indio y prieto, ya quisieras ser regio, putooo".

Independientemente de que ya quisiera o no compartir mi gentilicio con la marca de un papel de baño, déjenme contarles como se ve Monterrey desde los ojos de alguien que toda su vida ha usado zapatos.

Primero, el camino. Ah, que pinche necedad de alguna gente de irse a vivir en medio de la nada, rodeados de unos cerros que a su vez están rodeados de más nada. Si era imperativo que vivieran pegados a un cerro, ¿Por qué no escogieron asentarse del otro lado? Está más planito y frente a ustedes hay una amplia planicie, que se extiende hasta chinga tu madre. En fin.

Después pagar la última caseta que anunciaba mi inminente llegada a Monterrey, por kilómetros esperé ver desplegarse frente a mi tan famosa ciudad (“La sultana del norte” le dicen los poetas y los comentaristas de futbol), pero en su lugar se desplegaba ante mí una densa capa de smog, cargada con el aroma de miles de cabritos y carnes asadas. Y de pronto, sin más aviso que un policía gordo y bigotón parado a un lado de la patrulla mas corriente y naca que he visto en México, estaba yo en San Pedro.

¡Oh, San Pedro, con tus patrullas feas y tus policías gordos, tus semáforos sucios y tu señalización horrible, oh, San Pedro, jamás te llevaré en mi corazón!

A partir de ese momento, con la vista empecé a buscar el famoso ícono de la ciudad: el Cerro de la Silla. Después de varias falsas alarmas, en donde veía un cerrote y pensaba: "¿Ese es el mentado Cerro de la Silla? mta madre, pinche montón de piedras peladas" vi, sin lugar a dudas, con su forma característica, lo que era el Cerro de la Silla, y pensé: "¿Ese es el mentado Cerro de la Silla? mta madre, pinche montón de piedras peladas". Se necesita ser muy sombrerudo para adoptar como símbolo de la ciudad un montón de piedras con forma de una silla de montar.


Al fondo: El Cerro de la Silla. Al frente: Miles de sombrerudos.


Seguí mi camino y a lo lejos algo llamó mi atención. Al principio creí que era una especie de arma apuntando a Dios. Después aparecieron unas cuerdas enormes y pensé en el arpa de un gigante. Al final resultó ser algo mucho más mundano: un puente. Lo interesante es que ese horrible puente fue la primera de muchas construcciones horribles que vi en Monterrey.

En verdad, ¿Cual es la fijación de los monterreyenses por construir cosas horribles, enormes y sin sentido? Un poco más adelante vi algo que parecía un marco gigante sin fotografía, perfecto para una foto de mi pitote tamaño natural (después me aclararon que en realidad SÍ es un marco que, visto desde un ángulo muy especifico -e imposible si vas manejando- enmarca al Cerro de la Silla, el cual es infinitamente menos interesante que mi pitote). También vi lo que parecían los restos chamuscados y retorcidos de una viga y otra cosa que supongo era el monumento a un puño de espaguetis a medio cocer. Alguien debería recordarles a los monterreyanos que no por construir obras enormes de arte abstracto van a dejar de ser menos pueblerinos. Lo único que están logrando es llenar su pueblote de construcciones de fierros y cemento en donde no pueden vivir más que las palomas.

Pero todo esto no son más que detalles curiosos y un poco desconcertantes, lo que sí es irritante es la falta de consideración de los montereyeños para con los viajeros, turistas y visitantes de paso. Me explico:

Yo deseaba llegar, digamos, del punto A al punto B, así que ingresé los datos en el GPS y este me marcó la ruta ideal, pero al seguirla, tenía que tomar por una calle que no existía y luego subir por un puente del que sólo colgaba medio carril. Por favor, neoleoñenos, la inundación fue hace como 10 años (tiempo de internet) y ya es hora de que dejen de comer cabrito y agacharse en las balaceras y empiecen a reconstruir sus calles y avenidas, piensen en lo incomodo que es para los que no vivimos en Monterrey.

Durante todo el trayecto fui escuchando la radio, principalmente porque siempre que viajo me gusta aprender sobre las costumbres y tradiciones de los aborígenes de la región. Así que escuchando la radio regiomontayañosa, con gran sorpresa descubrí dos cosas: primero, que todos los comerciales son como los del Pollo Yon, y segundo, que la radio en Monterrey se quedo atrapada en los noventas. Por ejemplo: cambiando de estaciones, me topé con "Mujeres" de Arjona, "November Rain" de GN´R, y "Pachuco" de la Maldita. Ah, y todos los locutores hablan como en Banda Max.

Ahora bien, no me gustaría juzgar a todos los nuevoleonanos por las poquísimas personas a las que traté, pero como soy una horrible persona, lo haré de todos modos.

Mi principal contacto fue un regiomonteño enano, prepotente y presuntuoso, que por nextel hablaba en inglés con sus achichincles porque creía: a) que no le entendíamos y b) que nos impresionaba porque sabía hablar ingles. Mi segundo contacto fue el botones del hotel que cargó mi mochila de hombro y que durante todo el camino hasta el cuarto (un piso) se la pasó hablándome tan golpeado que por un momento pensé que ya había leído este post. No se fue hasta que le di 50 pesos.

Las demás personas con las que interactué, de una forma u otra, caen en esas dos categorías, así que, habiendo dejado en claro que soy una persona horrible y prejuiciosa, voy a asumir que todos los regionuevoleños son así. Y bigotones y sombrerudos.

Al final, cuando uno viaja siempre conoce, aprende y descubre nuevas cosas; las vivencias que uno adquiere siempre vivirán en nosotros y nos ayudaran a ser mejores personas. En lo personal, de Monterrey y su gente, siempre recordaré el cepillo de dientes que me traje del hotel y que usé para limpiar una mancha en mis zapatos.

I´ñor.


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