sábado, febrero 18, 2012

Viejo.

Un cerezo se alza en un claro entre la hierba al fondo del jardín. No es un árbol joven; su tronco es nudoso y ajado. Es invierno y sus ramas largas y retorcidas están desnudas. Frente a él hay una vieja silla de madera.

El hombre cruza el jardín y lentamente se sienta en la silla. El hombre es viejo; su cuerpo parece imitar al árbol: nudoso, ajado, retorcido. Mira al árbol y recuerda.

Recuerda su infancia a la sombra del cerezo, los largos veranos jugando sobre sus ramas y la alegría de las incontables fantasías y aventuras en las que el árbol a veces era un aliado y otras tantas el villano. Recuerda su adolescencia y las tibias noches de agosto, cuando, cobijado bajo sus hojas, aprendió lo que era el sexo; primero a solas y después acompañado. Recuerda su boda y el nacimiento de su primer hijo, recuerda la primera vez que el niño, emocionado, subió por sus ramas. Recuerda la muerte de sus padres y después las largas noches de enfermedad que al final se llevaron a su esposa. Recuerda todos los adioses que tuvo que dar, todas las despedidas, todas las noches en silencio.

El hombre recuerda, y al recordar, vive. Un par de lágrimas recorren los profundos surcos de su rostro y caen sobre la tierra congelada. El hombre vive y llora, llora y se vacía. Y cuando el hombre recuerda todo lo que tenía que recordar y llora todo lo que tenía que llorar, muere.

El hombre muere y en el árbol, una solitaria flor de cerezo abre sus pétalos.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

El cerezo. Mudo testigo de una vida y sus aconteceres.

Me gustó.

Siempre agradable leerte.

Saludos.

hommus novus dijo...

esta muy triste, no? pero parece tener un buen final...un final de resurrecion...

Anónimo dijo...

Muy enojado PENDEJO! en esa foto, de seguro no te invitaron a los chorizasos de seguro. jajajaja

Cha cha charlie dijo...

¿Andas como depresivo o qué, viejo?

Adán dijo...

Esto me recuerda mucho a "Mi árbol y yo", de Alberto Cortez

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